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viviti

Divagación de cuento de marzo


Aún la noche es joven
   
Eran las mismas sombras que habían habitado su mente desde hacía tanto tiempo que casi ya no se acordaba. Siempre había sentido que el reloj no funcionaba como se suponía funcionara. Eran aparentemente las tres de la mañana de un sábado que había pasado a ser domingo, pero que en aquellas noches, en aquella ciudad, de aquel lado de la habitada isla de los nocturnos, siempre parecía que era una misma noche sin distinción de día. El tiempo parece no existir para los que habitan en las noches, para los que van deambulando por los antros de clubes en una vida y una realidad paralela, pero tan real como la que todos los días durante las horas del sol nos asecha.

Ella caminaba esa noche por las aceras llenas de basura, de carros en una espera silenciosa de la llegada de su dueño o de cualquier timador de segunda sediento de algún dinero para el vicio. A pesar del la brisa cálida del mar que se colaba por aquellos edificios llenos de polvo y del humo impregnado a través de los años, hacía un frío que surgía de entre las aceras y de aquellos azules adoquines perplejos ante un paso del tiempo del cual aparentaban no haberse dado cuenta. En todas partes se podía encontrar gente recostada en las esquinas sobre cartones irónicamente estampados con sellos de haber sido comprados en tiendas  multinacionales. La verdad es que éste es un país a medio hacer es el pensamiento que cruzaba la mente de ella en aquella noche tan parecida a tantas otras.

Al doblar por la esquina, pasó frente a la Catedral de aquella ciudad, una iglesia burguesita para una ciudad burguesita frente a un antiguo convento convertido en un moderno hotel para burgueses extranjeros que vienen a este paradisíaco país vendido en revistas de todas clases en el exterior. Dos cuadras más arriba llegó a la Calle, su meta final. La Calle estaba repleta de personas con todo tipo de vestimentas, desde el más formal hasta el más extrovertido, como aquel grupo de góticos en aquel café en el que encontraban compañía como muchos otros exhibiendo sus collares, púas, cadenas y su tradicional ropa negra, eran tan contentos en su pequeño mundo.

Siguió, cruzó por frente a aquel lugar que sirvió de encuentro para tantos luchadores por la libertad de la patria y que ahora era un edificio renovado (“tan mono que se ve”, piensa), el tumulto de personas era enorme. Fueron muchos lo roces que sintió. “¡Que mucho chino hay que coger para pasar una noche de jangueo!” musitó entre dientes. Luego de que un pelú le diera su última rozadita, llegó a una esquina y se detuvo a respirar. Al levantar la cabeza, pudo ver entre las guirnaldas de bombillas que cruzaban la calle el cielo con algunas tímidas estrellas y pudo hasta apreciar una estrella fugaz cruzar ese pequeño espacio limitado y encarcelado por aquellos edificios de colores tan tropicales.

Sintió que todo su ser le sudaba. Un calor se apoderaba de ella, a la misma vez que un terrible deseo de ir al baño. Decidió entrar a un negocio en el que un pequeño conjunto de salsa tocaba en una tarima al fondo. Al entrar por poco choca con un moreno alto, de ojos azules producto de alguna compra en alguna óptica del país; éste le sonrió, pero ella ni caso, lo importante era el baño. Cuando por fin puedo llegar a éste, ah, porque era uno de los pocos en los que no había que pagar para usarlo, encontró dos mujeres abrazadas, una tocándole las nalgas a la otra, mientras aspiraban en concubinato un polvo blanco por la nariz. Ella no les hizo caso y entró al sacro santo cubículo. Al salir aún continuaban las dos chicas ahí, la miraron de pies a cabeza saboreando cada parte de su corto traje negro, de sus tacos largos, de su pelo rojo producto de los tientes, de sus caderas anchas, de sus senos pronunciados, toda una diosa caribeña en aquella pequeña isla. Ella se hizo la que no vio nada y de salida por la puerta la morena que estaba más cerca de la misma le dio una nalgada. Ella salió más rápido que decirlo de nuevo, y siguió hasta la puerta sin mirar atrás, fría como piragua recién raspada.

Se detuvo en una esquina paralelamente opuesta a un grupo de roqueros que estaban en un viaje, en una nota. Ella se aborreció, sintió que la calle la devoraba y que la absorbía, quería volver al nicho de su hogar. No recordaba por qué estaba allí, y máxime sola. De pronto recordó que era su noche libre, por fin una noche libre después de dos semanas de mucho trabajo por la gran cantidad de clientes que tuvo que atender, principalmente porque hubo muchos cruceros en puerto y los hoteles bastante llenos. Siempre los turistas se pelan por consumir las carnes del país cuesten lo que cuesten; son tan predecibles los pobres.

Así se fue calle abajo, vacía al no encontrar lo que nunca supo qué vino a buscar a esa vieja ciudad tan llena de cosas nuevas. Llegó a su carrito viejo porque el dinero en este país no da para mucho, más que para pagar lo básico y eso siempre se redefine. Se fue, recorrió calles, callejones, barrios, urbanizaciones, barriadas y su mente ausente, vacía, lejana. Miró de nuevo el reloj, han pasado tantas horas y aún ella en el mismo minuto que antes, en el mismo segundo que hace un tiempo ya ni se recordaba. Es que en esta isla tal pareciera el tiempo ha jugado y perdido.

Decidió regresar a su casa, pero antes, pasar por el trabajo. Cogió la autopista, se bajó en el expreso tan congestionado a pesar de ser de noche, dobló en la segunda luz a mano derecha, para suerte suya, encontró un estacionamiento y se detuvo. Al entrar el bouncer la saludó, subió las escaleras oscuras en espiral por el que suben tantos seres, sueños y fantasías. Arriba estaba la música, las luces, la barra, la alucinante tarima. Allí estaba ella, en su día libre, de vuelta a ese mundo tan lleno de fantasías consumidas y por consumir. Miró alrededor como buscando algo, pero no veía nada, sólo sus compañeras, mujeres de la noche y tantos hombres como perros velando toda carne que les cruzaba por frente, tan machos ellos, tan cabríos ellos. Se cansó, sin despedirse, se fue, bajó las escaleras y en cada vuelta sentía que se hundía, que baja hacia donde ya había perdido la noción del espacio, la de la realidad, había perdido la noción de la vida.

Se montó en su carro, las calles estaban tan vacías como siempre. Manejó sin destino hasta que se dio cuenta que estaba frente a su casa, tan linda su casa verde y de madera en aquella urbanización de segunda. Se bajó, abrió la puerta, su gato la saludó. Luego se quitó la ropa. Su cuerpo color canela, sus senos tan perfectos como los de las súper modelos, sus nalgas tan llamativas al piropo y al deseo, y todo su ser tan oloroso resplandecía bajo las luces 75 watts de aquel cuarto. Pasó frente al espejo y una luz la detuvo. Se miró, sonrío, frunció las cejas, modeló. Fue a la ventana; afuera la ciudad ya no existía, sólo luces como luciérnagas entre aquellas ventanas de aquella tan solitaria casa en aquella tan habitada urbanización de deteriorada de aquella ciudad a medio construir.

Se recostó a mirar una reproducción de un cuadro en el que hay una mujer en una sola pincelada negra acercándose a una aparente iglesia oscura también en una noche infinita y en un cielo en puro movimiento según las manecillas del reloj. De momento se acordó que era sábado y que tal vez no le había puesto su copa de agua bendita a su Virgen del Carmen. Caminó hacia su botiquín, tomó un frasco de agua, vació una poca en una copa y se la puso a los pies junto a los que había unos papeles que vaya usted a saber lo que decían. De regreso a su cama, se tropezó con uno de los tacos que había dejado en el suelo, y quedó parada frente a un antiguo reloj que se había cansado de caminar. Se dio cuenta que eran las tres y un minuto de la mañana de un sábado. Las manecillas comenzaron a moverse, lentas y perezosas. Ella se fue a su habitación, tomó un traje negro y corto, sus tacos, se pintó como una actriz de telenovelas, prendió su carro y se fue mientras atrás quedaba su casa tan vacía como siempre.



Divagación de cuento de enero I


Cualquier martes


Eran las 11:50 AM cuando él entró a aquel restaurante Los Pinos al lado de la Calle Berga. Un intenso sol brillaba afuera y muchos transeúntes caminaban de arriba hacia abajo aprovechando su hora de almuerzo. La avenida que cruzaba frente a aquel restaurante estaba repleta de carros como es normal a esa hora del día y hasta la guagua de transporte público pasaba a tiempo dejando a su paso una enorme nube de humo negro en aquellos edificios curados de espanto.

Él caminó a paso lento, como es normal, hasta llegar a la misma mesa en la que siempre se había sentado todos los martes por los últimos 36 años. Él llegó, se sentó sin hacer ruido, puso su sombrero al lado derecho de la mesa junto las botellas de aceite, vinagre, ketchup y aderezo color naranja, y al lado izquierdo de la silla acomodó su bastón. Pasó su vista por el espacio sobre poblado de aquel negocio como buscando algo o alguien, pero todos eran conocidamente extraños aunque sus rostros no los olvidaba porque allí estaban todos los martes.

Mientras revisaba el menú, la dominicana que atedía el lugar se le acercó con su acostumbrada sonrisa y ecuanimidad. Él con su rostro algo oscuro pidió una botella de agua y una orden de tostones. Mientras sacaba de un bolsillo un pequeño libro de páginas amarillentas escuchaba las conversaciones que a su alrededor se daban. Detrás de él un muchacho como de 35 años le contaba con lujo de detalles a su amigo con gran orgullo macho que se había tirado a una compañera de trabajo la noche anterior luego de haber salido del cine; al lado izquierdo, una chica uniformada le relataba a otra las virtudes de su marido con la operación de agrandamiento de pene que se había hecho; un poco más arriba veía a una muchacha de un rostro muy bonito y con una sonrisa pícara leyendo lo que aparentaban ser poemas con un muchacho de una mirada pensativa y de movimientos un poco torpes que de vez en cuando la tocaba con cierta timidez la rodilla derecha a la chica. Al terminar de sacar el libro amarillento, una bachata comenzó a sonar en la vellonera al fondo al lado de un grupo de empleados de una construcción cercana que almorzaban unas brillosas chuletas de cerdo con arroz y habichuelas.

Cuando al fin abrió el pequeño libro, la muchacha dominicana le trajo su botella de agua y los tostones que aún humeaban. Él trataba de leer, pero su mirada estaba lejana y algo perdida. Se concentraba más en la puerta y en las personas que cruzaban frente a Los Pinos. En una oportunidad que recorría la mirada cerca de la vellonera, detuvo su vista en un televisor que transmitía en vivo, en directo y a todo color las incidencias de la guerra que se estaba dando en Irak. De pronto, se le aguaron los ojos recordando que hacía 35 años había estado en ese mismo asiento, tomando de las mismas aguas, comiendo de los mismos tostones, viendo en diferido las imágenes en blanco y negro de la guerra que tomaba vida en Vietnam, y su mente perdía en el tiempo y más tarde su mirada se tornaba hacia las puertas de cristal de aquel negocio esperando quién sabe qué.
De pronto miró el reloj, vio en su rostro arrugado reflejado en él, tomó el último trago de agua, mordió con su caja de dientes recién comprada el último tostón dejando un pedazo sobre el plato de porcelana blanca, miró la primera página de aquel pequeño y leyó una nota que decía:

“Querido amigo aunque desconocido aún: Aquí te envío este pequeño libro que guarda tantos   mundos y pasiones. Gracias por llevarme hace dos meses al aeropuerto a tomar este viaje a Nueva York que me llevaría al encuentro con lo soledad más terrible que puedas imaginar. Regreso a la Isla dentro de dos martes, por favor, espérame en el restaurante en el cual se dio nuestro encuentro, Los Pinos, que cualquier martes estaré contigo. Que estos versos sean un beso eterno entre ambos.
                        Tuya,
                        Julia”

Él cerró el pequeño libro, lo devolvió a su bolsillo, pasó su vista por última vez por el lugar, dejó sobre la mesa un billete de cinco dólares, se puso su sombrero algo percudido, tomó el bastón y salió lentamente y sin ser notado del restaurante mientras atrás quedaba la silla tan nueva como hace 36 años. Cruzó la avenida mientras un joven en un Mercedes Benz del año le gritó “¡Viejo cabrón, muévete!”, pero él ni caso le hizo, sólo pensaba en que había sido otro martes más y que ello no había llegado. Llegó al estacionamiento soterrado que estaba casi frente al restaurante, sacó una llave de su bolsillo izquierdo y abrió el carro. Su Chevrolete del 67 aún estaba como nuevo excepto por unos mohos causados por el salitre de esa ciudad costera y la insignia que tenía en la puerta que decía Taxi que ya casi no se leía. Se sentó en su asiento que parecía que el tiempo no había pasado por él, ajustó su retrovisor, encendió el radio en donde salió cantando un Tito Rodríguez en una voz casi fantasmal, y salió del estacionamiento mientras pensaba “Tal vez el próximo martes ella va a llegar”.


Divagación de cuento de enero II



A veces la luna no es de queso

“Carlitos Colón ganó el campeonato mundial”, escucha decir de un viejo billetero, y también bolitero, que vendía sus boletos en el portón de correo de aquel pueblo del interior de la isla.  “Mijo, ese hombre sí que sabe dar la pelea como un boricua lo hace. ¿Le has visto la frente a ese hombre? Él sí ha sabido meterle las manos a tos esos gringos que vienen y que se creen tan musculosos. Claro, se meten esa tosterona y quedan que se creen Superman. Pero Carlitos es cien por ciento boricua y eso no es queso fácil de roer”. Ese señor sí que es bueno, aunque se ha detenido en el tiempo y siempre me cuenta esa misma anécdota de ese campeonato de lucha libre ganado por Carlitos Colón en 1979. La vida en nuestros pueblos de la montaña corre a su propio tiempo.

Él andaba medio despistado ese día, ese mismo en que leía en el periódico que la Marina había arrestado a cientos de compatriotas y amigos en los terrenos restringidos. Aún así, no tiene mucho tiempo para darle casco al asunto, claro, andaba en otra movida. El tapón en aquella única carretera que cruza al pueblo lo tiene de mal humor. “¡Esto me saca por el techo! ¿A qué hay un jodío guardia al frente? Ellos siempre son lo que hacen los tapones, claro, buscando clavar a los pobres ahora que un  ticket es casi un lujo, pero los desgraciaos son los primeros que van sin cinturón; pero que me pare uno para que vea cómo lo voy a clavar”, piensa mientras a paso lento se mueven los vehículos y un camión humeante pasa, tal vez dejando un hoyo en la capa de ozono como el de un estadio de fútbol.

Ese pueblo era hermoso, pero como en todos, nunca existió la palabra planificación. Mientras espera en el tapón que los carros se muevan, encuentra una botella de cerveza que rueda hasta el frente del asiento de pasajero. Recuerda entonces, casi se tele transporta como en la serie de televisión que había visto por cable esa mañana, a la barra donde se reúne la juventud de aquel pueblo aún virgen de esa vida sanjuanera. En nuestros pueblos no hay muchos lugares a donde ir, claro, la Capital hay que mantenerla linda y desarrollarla hasta el cielo y debajo de la tierra para que los turistas se sientan como en casa y aún mejor porque creen que los de acá les somos sirvientes o animales de exhibición.

Esa noche anterior había ido a la barra luego de haber salido de la misa como es normal. Había sido una semana tensa por la universidad, en el trabajo, problemas con una seudo novia, un libro que había escrito y aún no terminaban de corregírselo, en fin, una noche buena para descargar la vida: muchos carros, mucha gente y sobre todo, muchas chicas. Quería encontrar alguien, estaba de casería, esa noche quería que fuese la suya, quería desobediencia civil en cualquier campo de guerra femenino. De entrada divisó las posibles áreas de bombardeo. “No sé si utilizar bala inerte o viva”, piensa mientras pide una cerveza, Medalla para consumir productos del país.

De momento, apareció ella, un cuerpo más virgen que los terrenos restringidos de Vieques. La miró, ella le sonrió, coqueta, discreta, tan callada. Él la estudió, le dio gracias a Dios por las boricuas y las mezclas de las razas, en especial a la madre África que puso tanto sabor en nuestras venas y en aquel cuerpo. Allí estaba ella con su bella cara de niña andaluza y su gran caderamen de cafre africana. Ella caminaba, y con tras de ella se iban sus ojos tras esa Filí Melé reencarnada, digna soberana de piropos, desde los más cultos a los más populares. Ella sabía que él la mira y se ponía más coqueta, aunque disimulada. En esta parte de la isla las chicas son menos explícitas en el juego de la seducción que las de las áreas urbanas de la zona metropolitana.

Él se le acercó con su pinta, con su look de súper estrella, más astro que las estrellas del cielo, un Ricky Martín cualquiera, y se posó al lado aprovechando que ésta se había quedado sola mientras sus amigas iban al baño. Luego le diijo esa clásica frase propia de cualquier buen cazador hommo-sapiens-puertorricensis: “Creo que te conozco de algún sitio, pero no me acuerdo de dónde”. Ella volvió a sonreír, pero esta vez sus ojos aceituna se le metieron como dentro de los suyos y hasta un poco de cerveza se arramó en su camisa. Ella lo limpió tierna y sutilmente, “ella no es de este planeta”, piensó mientras esas delicadas manos recorrían la parte norte de su delgado pecho erizado ante ese mágico contacto. Él, tan chulo, le ofreció algo de tomar; ella, tan viva, le dijo que se dejara de rodeos y que si quería fuesen al carro. Él, tan paniqueado ahora, le dijo que sí con la cabeza porque su boca estaba perpleja ante esa diva con ese peculiar olor a madreselva; ella, tan ella ahora, lo llevó de la mano hacia la oscuridad, hacia el reino de lo desconocido.

Ya en el estacionamiento, él la miró mientras ella se le acerca. “Tiene que ser de San Juan, viene de allá afuera, o se metió algo porque esto no es normal para una chica de estas castas montañas”, meditó mientras sus labios se humedecieron al ella acercarse. De pronto, ambas bocas se encuentraron, las maniobras habían comenzado sin información previa, el desobediente estaba a merced de ese ejército que le tiraba con bala viva. El ataque fue inmisericorde, mientras sus cuerpos se rozaban y él sentía los senos que lo rozaban todo su tórax, ella se pegó más al sentir el contacto del miembro del arrestado, hinchado. Ella siguió besando, pero esta vez siguió bajando lentamente haciendo un registro minucioso del cautivo. Él seguía tieso como la estatua del David, hasta que siente que el zipper se le abrió. De momento ella...

Un bocinaso y un “mueve pal carajo” lo hacen caer en sí. Estaba en el tapón, eso era un hecho en aquel pequeño pueblo. La botella de cerveza en el suelo aún está húmeda, aún sus calzoncillos están húmedos también. Son las once de la mañana de un día de sol en aquel tranquilo pueblo y aún no han sonado las campanas de la iglesia anunciando el paso de una hora, y la resta de otra de la historia de la humanidad, tan humano él. Su cuerpo había sido fuertemente bombardeado esa noche anterior,  ahora sólo le quedaba un acuerdo para encontrarse el próximo sábado a las 11 PM en el mismo lugar y en el mismo campo de tiro, acuerdo impuesto, pero qué se iba  a hacer si su cuerpo es débil, si aún esa mujer está dentro de su piel y su peculiar olor aún vuela dentro de su nariz.

Va la ATH, mira su balance, aún queda algo para la semana. Mete la mano al bolsillo, era el mismo mahón que había tenido puesto la noche anterior, y encuentra un recibo de un retiro de su cuenta de ahorros. Ella vuelve a su mente, tan inteligente ella, desnuda en el asiento trasero de su carro con sus senos tan firmes, sus caderas tan anchas como el mundo, su piel tan canela como un buen café capuchino; bien valió la pena la desobediencia civil en aquel cuerpo aunque me hubiese costado doscientos cincuenta dólares la jugada. Tal vez la próxima semana no me será tan cara la movida. Tan buena que es ella, y tan pendejo que soy yo.
 
 


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